50 años sí es mucho

50 años sí es mucho

Como si fuera una maldición, al menos desde que existe constancia, este planeta no se ha librado de la devastación de la guerra ni uno solo de los días de la historia. En épocas no tan remotas, no se hacían necesarias grandes disquisiciones para prender la pira que habría de servir de excusa para iniciar un conflicto bélico. El enemigo era el enemigo y los intereses, en muchos casos, los mismos, punto.

Pero, poco a poco, la apelación a la guerra fue requiriendo discursos justificadores cada vez más elaborados desde la perspectiva política o ética. Uno de los conceptos más utilizados en este sentido es el de ‘guerra preventiva’. Una potencial amenaza, bien aderezada, tenía la capacidad para construir un relato que, desde el punto de vista informativo, justificase una acción militar. A todos nos vienen a la memoria los discursos de George W. Bush previos a la intervención liderada por los Estados Unidos en Irak. Pero tiempo atrás, en junio de 1967, hace ahora cincuenta años, Israel se valió de esa misma excusa para dar inicio a un ataque relámpago a los países limítrofes que ha pasado a la historia como ‘la Guerra de los Seis Días’. Al finalizar, Israel se había adueñado de la península del Sinaí -devuelta en 1978 a Egipto tras los Acuerdos de Camp David-, los Altos del Golán así como los territorios de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este de las que se retiró sin retirarse nunca del todo.

De forma similar a cómo los palestinos recuerdan y rememoran la Nakba (el desastre), la expulsión de sus casas de 700.000 pobladores tras la proclamación del estado de Israel en 1948, la remembranza de la Naksa (revés), un segundo desplazamiento masivo de palestinos como consecuencia de la guerra del 67, ocupa un espacio en sus memorias.

Desde aquella ocupación nada ha vuelto a ser igual. El territorio palestino se contrajo aún más y, de facto, no ha dejado de hacerlo desde entonces. Aunque desde 1994, tras los acuerdos de Oslo, Gaza y Cisjordania  pasaron a estar bajo jurisdicción de la Autoridad Nacional Palestina, ésta cuenta con poca capacidad para llevar a cabo la labor que le debiera corresponder porque Israel sigue siendo quien marca la pauta del día a día: no ceja en la construcción de asentamientos en el espacio palestino, ha expropiado miles de hectáreas de tierras de cultivo, ha construido un muro  de 700 km que rodea y aísla diversas ciudades palestinas, restringe los movimientos de los palestinos con controles policiales aleatorios más los permanentes del paso de Erez, el único acceso entre Israel y la franja de Gaza, o el puente de Allenby entre Cisjordania y Jordania…

Cincuenta años es muchísimo tiempo en una vida. Medio siglo es un espacio de tiempo que engloba varias generaciones. Cantaba Pablo Milanés, aunque fuera refiriéndose a un sentimiento radicalmente distinto, que “el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos, yo el amor no lo reflejo como ayer”. El tiempo ha pasado: ni las personas que vivieron la Guerra de los Seis Días son las mismas que eran, ni las más jóvenes sienten de la misma manera que sus progenitores, pero existe un hilo que cose presente con pasado, a unas generaciones con otras: la sensación de humillación constante.

La población palestina continúa arrastrando la maldición de vivir sometida a los designios del gobierno de Israel y condenada a sufrir el hecho de haberse convertido en una pieza más en el tablero de la geopolítica. Continúa consciente de que es poco, muy poco, lo que importa al resto del mundo. Menos aun en estos momentos.

Con frecuencia, tendemos a analizar lo que ocurre en lugares recónditos del planeta con la fría mente de quien ve las cosas de lejos. Cabe preguntarse, en un ejercicio de empatía, ¿qué haría yo, hombre, mujer, si fuera palestino?