El agua que nos rodea

El agua que nos rodea

En una viñeta publicada años atrás aparecía un pequeño pez que preguntaba a otro de mayor tamaño: “Papá, ¿qué es el agua?”. En principio, la duda de la criatura sorprende, pero no hace falta mucha reflexión para darse cuenta de que la escena dibujada presenta una situación tan lógica como habitual. Lo que rodea a cualquier persona desde el momento en que nace forma tanta parte de ella misma que se vuelve invisible, que de puro cotidiano parece lo natural, lo que siempre ha sido. Es necesario un pequeño cambio en ese contexto para que, a partir de la confrontación entre las dos realidades, la pasada y la presente, podamos comprender qué es el agua. Hemos asistido, sin apenas percatarnos, a la mayor revolución tecnológica de la historia de la humanidad. Basta echar la vista atrás para constatar que el mundo de hoy no se parece en nada a ese en que vivíamos apenas hace unos pocos decenios. Dichas transformaciones han modificado, por supuesto, la forma de producir, de consumir, de relacionarnos pero también las dinámicas políticas locales y globales. Ahí, en esos cambios, tenemos otra agua que nos rodea y que no sabemos interpretar en tiempo real. Vamos viendo cómo se producen, viviendo alguna de sus repercusiones pero nos cuesta comprender que los parámetros del pasado han perdido validez. Europa es el paradigma de ese mundo cambiante que no se entera de que las cosas han cambiado. Será porque al considerarse siempre situada en el mismo punto, el ombligo, no ve que a su alrededor todo se ha movido. Será porque el ser humano cambia más despacio que la tecnología.

Cuando en el futuro los historiadores tengan que analizar esta época, glosarán los grandes avances científico-técnicos. Pero también se preguntarán, quizá sorprendidos, cómo pudo ser que se cometiera tal cantidad de atrocidades sin que se hiciera nada por evitarlo, cómo pudo ser que tal nivel de desarrollo no sirviera para impedir tal cúmulo de escenas que avergüenzan. Tal vez, solo tal vez, se verán obligados a reflexionar sobre las causas de la implosión de Europa como agente político, sobre el derrumbe socioeconómico de un continente que antaño había sido potencia hegemónica junto a los Estados Unidos. Una respuesta parecerá obvia: ese ‘ser potencia’ no le dejó ver que estaba dejando de serlo, no le permitió pensar con otros parámetros a los que siempre le fueron útiles. Como los nobles del antiguo régimen, los europeos no fueron capaces de percibir que un mundo estaba emergiendo y que venía a destronarles.

Varios son los síntomas de esta ceguera autodestructiva, pero uno de los más evidentes está siendo la respuesta política ante las diversas crisis de refugiados que han derivado en el hacinamiento de miles de seres humanos en las puertas de una Europa a la que veían como garante de derechos y que les ha mostrado las puertas cerradas por la indiferencia y el desprecio de quienes presumen de defender los mismos valores en casa que desprecian fuera. En el discurso de los líderes políticos hemos podido entender su pequeñez de miras, su incapacidad para analizar más allá de sus miedos. En algunos casos, cosas de la hipocresía, los discursos abrían un atisbo a la esperanza, pero los hechos no tardaron en desmentirles. El traje les quedó enseguida demasiado grande. Al final, las políticas practicadas se pueden resumir en un ‘esconder el problema’, en pagar para que los países transfronterizos hicieran que las imágenes quedasen un poco más lejos para poder mirar a otro lado. El caso español es, entre todos, de los más vergonzantes. No ha sido capaz de acoger ni 1.200 personas, menos del 7% de la ya de por sí ínfima cifra a la que se comprometió. Este dato es más sangrante si le unimos al descenso de las cantidades destinadas a la ayuda humanitaria (en lo que va de década, la caída proporcional ha sido de cinco a uno).

Se escudan los líderes en la respuesta de la población. Razón en ese sentido parece no faltarles si nos fijamos en el incremento de las respuestas xenófobas y el crecimiento electoral de las organizaciones de ultraderecha. Pero se parte de dos falacias. Por un lado, esa respuesta ha sido alentada cuando se ha presentado cualquier fenómeno migratorio con palabras que estimulaban el miedo. Siempre, al abordar el asunto, de forma directa o sibilina, se ha relacionado con la seguridad, se ha asociado al terrorismo -como si el terror supiera de fronteras y visados-; siempre, también, se han utilizado palabras gruesas: asalto, aluvión, avalancha… Por otro, olvidan que buena parte de la población europea no responde a estos patrones excluyentes, que se siente más cercana a ese ideal europeo que enraíza en la Ilustración.

Europa tiene, esperemos que no sea tarde, que mirarse de nuevo a sí misma pero para salir de ella, dejar de pensar como centro para ser consciente de que ese mundo (bipolar, unipolar) ya no existe. El trato que dé a quiénes se acercan a sus fronteras huyendo de la guerra, del hambre…de la muerte revelará qué Europa será en el futuro: la que se refugia en sus miedos hasta morir o la que quiere poner su parte –ser parte- en la construcción de un mundo más abierto desplegando su capacidad para abordar la situación del momento presente. Es tan simple cómo saber que lo que nos rodea es agua.