INTRODUCCIÓN
El 11 de Marzo del 2004 ha sido la fecha más marcada en el consciente y subconsciente de todos los ciudadanos españoles. Nada ha tenido tanta trascendencia, en el periodo que recoje nuestra memoria anual, como ese brutal atentado que nos transportó de golpe a la peor de las pesadillas. Ahora, cuando cerramos la edición impresa de la memoria del 2004, las explosiones de Londres vuelven a recordarnos lo vulnerables que somos todos a la violencia irracional de los terroristas.
Es obvio que estas atrocidades no tienen ni pueden tener un sólo resquicio de justificación. La muerte masiva de ciudadanos y ciudadanas no debe relacionarse nunca con causa o reivindicación alguna, ni puede interpretarse como reacción a otras muertes o a los políticos que generan otras muertes, igual de atroces e injustificables. Pero, incluso ante la inevitable barbarie, es necesario reflexionar, buscar cual es el mejor camino, al menos para no seguir cultivando un odio que acerque cada día más personas a la espiral enloquecida de la violencia.
Trabajar por una mayor justicia social, fomentar el diálogo entre las diversas civilizaciones, resolver conflictos humillantes ya enquistados en la historia, no va a asegurarnos la tranquilidad ni a impedir definitivamente que los violentos actúen. Sin embargo, iniciar un proceso de acercamiento entre los pueblos, aumentar la cooperación económica, comercial y cultural con los países emprobecidos, servirá para tender puentes y dejar de construir muros y será, a medio y largo plazo, la mejor inversión en nuestra seguridad, entendida ésta como la seguridad de todos y todas.
A la consecución de este objetivo seguiremos dedicando, en Asamblea de Cooperación Por la Paz, todo nuestro esfuerzo y trabajo.