Esquimales y ósmosis

Esquimales y ósmosis

Los esquimales y la ósmosis

En uno de sus monólogos, el polifacético Luis Piedrahíta ironizaba a su particular manera sobre la llegada y el posterior asentamiento del homo sapiens en los gélidos territorios polares.

– Hay comportamientos del hombre que no tienen explicación; por ejemplo, todos sabemos que el ser humano apareció en África. Posteriormente los homínidos fueron poblando el planeta.  Así, llegaron a Mesopotamia buscando tierras más fértiles, continuaron por Altamira, pasaron por París…

El popular humorista hacía una pausa en su narración del relato, aprovechaba para cambiar el gesto, lo que le permitía mostrar una pose de fingida sorpresa.

-Mi pregunta es: ¿qué coño vieron los esquimales para quedarse allí? Esos tíos no aparecieron allí, no. Atravesaron todo el planeta, no les gustó, llegaron al hielo y dijo uno: “aquí, ¿no?”.

Visto así, claro, tiene razón Luis Piedrahíta. Determinados movimientos migratorios no tendrían explicación, parecerían motivados por un simple capricho. Pero más allá de la humorada, las cosas nunca sucedieron así. El ser humano se desplazó, es cierto,  los movimientos de grandes masas de seres humanos fueron dando forma a nuestro planeta. Pero el mismo homo sapiens también permaneció en el mismo territorio si en él se daban las circunstancias idóneas para desarrollar una vida en condiciones y asegurar el futuro de su prole. Nada ha cambiado en ese sentido salvo la dirección de los flujos. En esa seguimos balanceándonos en esa dualidad nómada-sedentario que siempre nos caracterizó. Cuando la realidad nos permite permanecer, permanecemos; cuando nos arrastra a desplazarnos, nos desplazamos. Un arrastre que, milenio tras milenio, se ha debido a dos causas: hambre y guerra. Al final, el territorio solo se abandona para caminar en pos de algo mejor o para huir de algo peor.

De esta manera, Europa, por la parte que nos toca, se ha convertido en ese espacio soñado, en ese destino de prosperidad soñado por cientos de hombres y mujeres que pretenden labrar un futuro negado en sus tierras de origen o huyen de guerras que ni desearon, ni provocaron, pero que amenazan sus vidas. En otros tiempos no tan lejanos los flujos migratorios tuvieron un sentido justamente contrario, que hambre y guerra no ha faltado a lo largo de la historia reciente del viejo continente. Ahora, sin embargo, es el portón de Europa el que recibe los golpes de llamada. Durante muchos años presumimos de valores, de una manera social de ser que se preocupaba de cultivar los derechos humanos, de una apertura mental que permitía empatizar con las desdichas ajenas y, como corolario, aplicar medidas tendentes a acoger a quien necesita una mano para volver a arrancar. Presumíamos más de lo que la realidad permitía, pero al menos lo llevábamos como escarapela. De repente, sin embargo, ni la hipocresía nos queda. Las puertas de Europa se cierran con más empeño y, cada vez en más territorios, los gobernantes hacen gala de ello. La otrora Unión Europea, hoy poco más que un entramado burocrático, se muestra impotente ante el auge de políticas nacionalistas en cuyo frontispicio se puede leer que primero nosotros, después nosotros y al final, si queda algo, también nosotros.

Podemos hacer todos los análisis que queramos, buscar todas las excusas que creamos pertinentes, pero no habrá manera de frenar un proceso, el de la emigración, que nunca dejó de producirse cuando hubo que buscar algo con que llenar el plato o se produjo una guerra de la que escapar. Al final, se trata de un proceso físico que se denomina ósmosis. Donde existe una membrana que no permite que el soluto -las riquezas- se reparta homogéneamente por todo el líquido, será el líquido el que traspase la membrana. Así se alimentan las células, así se cura el jamón, así se mueven los seres humanos. Al menos mientras la membrana impida un desarrollo más equitativo entre ambas partes.